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jueves, 14 de diciembre de 2017

Una noche de huida


Sostuve mi cuerpo un viernes y lo recosté sobre cuestionamientos, sabores, amistades, sustancias tóxicas, estimulantes, conversaciones sin sentido, amoríos instantáneos, pasión de aquellas, risas exquisitas y miradas únicas.

Ingresé a una casa, a su casa, éramos 6 con personalidades múltiples, parecíamos 20, estábamos mudos, reíamos, juzgábamos, nos recostábamos, la seriedad era un síntoma, la carcajada era una consecuencia exquisita, éramos el ideal adolescente. Teníamos una marca, éramos personas que sin término, sin fin, la vida profesional en segundos nos sobresalía en los poros, yo lo terminé en el tiempo inconsciente, en aquel tiempo donde el sol ya no nos quiso cantar.

Aquella noche recordé que mi nombre era un pedacito diminutivo en el gran cosmos, me sentía tan diminuta, y continué con mi existencia, riendo con personajes de ficción, estaba soñando.

Sujeté el vaso de vidrio con alcohol y energizante, una mujer sabía que mi cuerpo quería cambios, una mujer me leyó, interpretó de forma veloz mi necesidad de licores nocturnos. Comencé a ver ojos ruidosos. Me encontré con ojos perdidos, ojos enamoradizos, chinos, ojos con protección, perdidos y ojos con imanes de luna. Uno de esos ojos desviaba su interés a los míos, y yo no me rendía, yo quería que compitiéramos a fuerza, que si me viera tan nocturna, sea su perdición. Sentía un poder interior inexplicable, excusa mañanera, esa fue mi verdad.

Mis piernas sabían que ya era momento de huir, la gente dejaba el ambiente caótico, corrían a los autos y se dirigieron a una zona, la cual solo tenían que cerrar los ojos y disfrutar. Mientras eso pasaba, yo junto a tres individuos respirábamos la noche con destellos de sabiduría falsa.




- La de los cabellos cortos desordenados.