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viernes, 8 de febrero de 2019

Asesora, mi señora


Me tomo la cara, muevo los labios, encojo los hombros, me retuerzo en mi cama, no se como reaccionar con la canción, me estoy desvaneciendo.
Solía ser más sencillo tan solo verlo a los ojos por unos segundos hasta que se diera cuenta que existía algo muy cercano, creo que era confusión servicial.
Por las mañanas deseaba no despertar, dormir es mi cosa favorita del mundo, pero, ahogarse en los bonitos momentos, me levantaba de inmediato, la distancia eran centímetros en algunas ocasiones, en otras, inmensas, indestructibles. La compañía de seguros no tenía donde llegar, tampoco era necesario, si la salud era un problema, yo moría de raíz.

La complicidad no fue mi mejor amiga, no tuve amigos, tuve silenciosos momentos en mi yaya, caminar era antídoto, tomar mi cámara era libertad, llorar la última noche era conseguirme a mi misma, evacuar el sitio era administrar, escuchar un piano era amor, terminar en el piso era gracioso, comer con los ojos tapados era gloria, y ser solo dos era cementerio.

Me comunicaba con la boca cerrada, solía acurrucarme en mi bolsa de dormir, pero también en los autos que me movilizaban, combinaba placer visual con determinación en el sueño, creaba habilidades nuevas, tal vez eso me hizo extraterrestre, tal vez eso también me absorbió hasta el pedacito de chinito feliz. Creo que fue la champaña de la noche buena que me encogió aún más, tal vez siempre alguien o algo es responsable, siempre alguien, jamas una misma.

Solía no escuchar peleas de perros, ahora me abundan, ahora es música por cierto, ahora es pan de cada día, las peleas, las discusiones y el placer de poder genuino se había contraído en masa liviana, ya estaba siendo descartada, maldita descarada, ruin.

Un día como hoy me encontraba recostada en un conjunto de colchones, sobre el piso, anhelando mi persona jamás se acabe el día, tan solo era la película y yo, el universo a los costados estaban conviviendo, yo observando y escuchando los diálogos más inesperados del día. No recuerdo exactamente todo, pero me divertí, mi forma humana se convirtió tan solo en sensibilidad continua, creo que estaba logrando satisfacción y acompañamiento idealista.

Me convertí en hombro, en competidora, en idealista, en carga-emociones, casi siempre actuaba como mujer, creo que lo era, pero el género es un punto aparte. Hubieron días en los que me convertí en adolescente, también compartí de mi vida personal con ellos, sobretodo con ellas, en la habitación, con los ojos húmedos del sueño, con la linterna de mi inservible celular, comunicándole a la tierra húmeda que ya no me podía quitar algo más, obedecí, seguí reglas, las rompí en ocasiones, construí nuevos mapas mentales, cociné mis ideas hasta decirlas con un ritmo inusual, cargué tristeza pero no lo notaron, conjugué nuevos verbos, enloquecí durante las mañanas, pensaba en muchas personas, tuve crisis existenciales significantes, coloqué en el mismo lugar durante un periodo largo de tiempo mi cepillo de dientes y nadie lo notó, mi bata para la ducha estaba colgada en la cabecera de mi pequeña, y ella la usaba como escaladora, subía y bajaba como si fuese tan sencillo hacerlo, y mi cadera me odiaba por ello, asentí con la cabeza un millón de veces, y fue porque jamás escuché la frase completa, jugué poco, hablé mucho, escribí demasiado, besé, abracé, escuché por horas, descansé cuando me lo ordenaba yo, sostuve ideas y las dije, las personas correctas preguntaron más, las demás huyeron, acompañé en silencio, pregunté mucho, escuchaba y me detenía a no juzgar, asimilé que jamás se volvería a repetir, y la última tarde mi comportamiento fue fétido, me detesté, hablé de mis emociones conmigo misma, pedí disculpas, me aseguré de que nadie saliera herido por algo interno personal, aclaré dudas, acompañe a mis niñas a ser mas útiles que de costumbre y cuando cayó la noche, vi los ojos más radiantes de todos, el baile nos enloqueció, todo mal desapareció.






- La de los cabellos desordenados
(¿Quién más?)